Cómo vivir bien
 
                 
       
 
La suerte
 

Al hablar de cualquier logro sale a relucir el término suerte: “por suerte encontré lo que quería”, “tuve suerte en mi carrera”, “lo intentamos pero no tuvimos suerte”, “no se consigue nada sin un poco de suerte”, etc.”.
Aunque todos den este concepto por entendido, si se reflexiona más allá de lo habitual aparecen dudas sobre de qué se trata eso que mencionamos.
A la hora de explicar seriamente qué es la suerte nos damos cuenta de que no lo sabemos.
El no lo sabemos es poco menos que el mejor de los casos; ya que en todos los otros el hombre se pasa la vida recurriendo a este concepto para sacarse responsabilidades de encima: si no obtuvo lo deseado porque no hizo lo necesario, puede decir que tuvo mala suerte; si no está dispuesto a hacer lo necesario más adelante, puede imaginar que si tiene suerte obtendrá todo sin pensar ni trabajar.
La definición de qué es la suerte presenta dificultades precisamente porque en ella interviene la subjetividad, la actitud, el modo de vida de cada uno.
Con un poco de objetividad y ganas de ponernos de acuerdo, podríamos coincidir en que llamamos “suerte” a los factores que no podemos prever ni controlar.
Un ejemplo es el lanzamiento de un dado. Es un fenómeno tan sujeto a las leyes de la naturaleza como cualquier otro: la fuerza con que se lo lance, la posición desde la que inicie su recorrido, la dirección en que vaya, la distancia hasta la superficie en que irá a caer, determinarán que caiga de una determinada manera. Pero como todo eso es muy complicado de calcular decimos que es azar, y que el que apostó al número que quedaría hacia arriba tuvo suerte.
Por lo tanto hay una definición tentativa y aproximada: es suerte todo lo que no podemos prever ni controlar.
Dentro de ese todo hay causas que producen los efectos que deseamos y otras que producen lo contrario. De ahí que apliquemos a la suerte los calificativos de buena o de mala.
Si definimos así la suerte, es poco menos que imposible decir que no existe.
Si queremos pasar a una definición más compleja, empezaremos a pelearnos por los diferentes papeles que cada uno intenta adjudicar a la suerte. Unos dirán que existen fuerzas externas actuando deliberadamente; otros se reirán de esto; los primeros se enojarán porque se duda de lo que dicen, y lo más posible es que nunca estén todos de acuerdo.
Hay puntos en que en vez de necesitar llegar a una conclusión necesitamos precisamente lo contrario: no sacar conclusiones de donde no hay de dónde sacarlas.
Lo que ocurre sin que podamos preverlo ni controlarlo no está de ninguna manera fuera de las leyes del universo.
Eso que no prevemos ni controlamos no está en esa área por poseer características distintas a las del resto de los fenómenos, sino simplemente porque no alcanzamos (tal vez solo por el momento) a conocerlo. Como el resto de las cosas, está sujeto a las leyes de causa y efecto.
No puede ser que determinada combinación de circunstancias produzca cualquier efecto: producirá el efecto que corresponde a esas circunstancias y no otro.
Si en algunos casos presenciamos efectos inimaginados es porque provienen de causas que no conocíamos. El hecho de que no conozcamos un área de la realidad no significa (como desearían los que quieren salvarse de las leyes de la vida) que se trate de un área dominada por el azar ni por leyes distintas a las del resto de las cosas.
Pese a toda la complejidad de la realidad conocida o desconocida, disponemos en el terreno de la práctica de una conclusión asombrosamente fácil: si la suerte es aquello que no podemos prever ni manejar, lo más conveniente es no preocuparse por ella.
Si algún factor imprevisible puede incidir en favor o en contra de nuestros planes, en vista de que no podemos preverlo, y precisamente porque no podemos preverlo, la opción a tomar es sorprendentemente simple: ejecutar nuestros planes.
Aquí aparece otro tema serio no relacionado con la suerte: al ejecutar nuestros planes tenemos en mente que hay factores previsibles y factores imprevisibles. Tal vez, por actuar apresurados y con pocas ganas de pensar, hayamos observado poco el mundo circundante, y no sepamos que los factores previsibles son más de lo que creíamos.
A más atención y más estudio, más conocimiento del mundo y de los factores que actúan en él. Si por comodidad mental no previmos una parte de lo previsible estamos haciendo las cosas mal.
Como los que no hacen nada se abandonan completamente a la suerte, los que trabajan sin prestar la suficiente atención se abandonan parcialmente a la suerte.
Este aspecto no debe ser descuidado. Si nos tomamos el trabajo de observar, los factores previsibles serán más. Como consecuencia, nuestra dependencia de la suerte será menos.
Sin descuidar esto, sepamos que el tomarse más trabajo siempre tiene un límite, ya sea para no caer exhaustos o para no dejar todo para después. Intentar pensar más allá de lo que podemos prever es ni más ni menos que inútil; a no ser que sea una excusa inducida por la pereza o el miedo para no ejecutar nuestros planes.
En un mundo en el que se entrecruzan causas y efectos, los efectos pueden resultarnos favorables o desfavorables, e inspirarnos una idea que ronda por muchas mentes humanas: se puede tener buena o mala suerte.
¿Por qué tendría que trabajar la concatenación de causas y efectos a favor o en contra de un determinado individuo?
Incluso si hubiera seres benignos o malignos trabajando desde mundos invisibles, serían parte de la concatenación de causas y efectos. En tal caso, ¿qué los determinaría a favorecer más a unos que a otros?
Es muy común decir que esas fuerzas favorecen a algunos seres porque se lo merecen; y de ahí pasar a calificarse a sí mismo entre los que merecen lo mejor, sin decirse qué hizo de bueno para merecerlo.
Es muy común que cada uno crea tener algo de especial para que la realidad, con o sin entidades conscientes en mundos invisibles, trabaje para favorecerlo. Es una fantasía generada, por una parte, por el deseo, que tiende a no aceptar una realidad en la que no suceda lo que deseamos, y, por otra parte, por la inclinación a no esforzarse ni molestarse, que tiende a desear que el mundo haga para nosotros lo que no hacemos con nuestras propias manos.
De ahí que cuando la realidad no trabajó para nosotros, en vez de tomarlo como lo más natural del mundo decimos que fue mala suerte.
Detrás de todo esto subyace una debilidad moral: no querer observar la vida, ni esforzarse, ni arriesgarse, y al mismo tiempo desear obtener lo mejor del mundo mediante la intervención de los demás, del azar o de entidades desconocidas. La misma deficiencia puede tomar la estrategia opuesta para llegar a idéntica conclusión: “como tengo mala suerte y todo está en mi contra, lo mejor es que no haga nada”.
Alguien moralmente sano hace todo lo contrario: no espera nada de las fuerzas externas ni cree que estas tengan alguna obligación para con él; simplemente trabaja, se convierte a sí mismo en causa de los efectos que desea.
Si cumplimos con nuestra parte, si consideramos todo lo que está a nuestro alcance y no dejamos sin pensar algo que podríamos haber pensado, estamos haciendo lo necesario para no convertirnos en esclavos voluntarios de la suerte.
Tal vez nos quede un poco de miedo a lo imprevisible y desconocido; pero eso no es de ningún modo unadebilidad. Nos acostumbraremos a vivir con este factor, que nos acompaña desde el principio de los tiempos.  
Hace unos dos mil años, los filósofos estoicos proponían que nos preocupemos únicamente por lo que depende de nosotros.
Esto es a la vez una actitud moral (sería inmoral preocuparse por lo otro), y una fórmula eficaz para vivir bien (preocuparse por lo que no depende de nosotros nos lleva a la dependencia y al sufrimiento).
La idea no es nueva. Simplemente falta asociarla con la suerte: lo que no depende de nosotros, ya sea producto del azar o de leyes naturales, ya esté manejado por seres malignos o benignos, no tiene por qué ser parte de nuestras preocupaciones.
Si nos dedicamos a intentar lo posible, se volverá posible precisamente porque nos pusimos a trabajar sobre la parte controlable de la realidad.
Dejar fuera de nuestra atención algo que tal vez debamos atender sería una falta ética y práctica a la propuesta estoica.
Debemos prevenir, tomar precauciones, hasta el límite de nuestras posibilidades, o del tiempo disponible en cada caso.
Más allá de lo conocido siempre estará lo desconocido. Esto no impide que un determinado fenómeno pueda ser traído desde ese más allá hacia este lado.
Dicho de otra manera, la capacidad humana de aprender puede desplazar el límite hacia adelante, con lo que algunos fenómenos antes incomprensibles quedarán incluidos en el terreno de lo visible y familiar.
Por ejemplo, la utilización de ordenadores para analizar una sucesión de números obtenidos de una determinada ruleta demostró que esta no es perfecta; que sus pequeñas irregularidades dan por resultado una secuencia donde unos números se repiten más que otros.
Algunos fenómenos pueden pasar del terreno de lo imprevisible al de lo previsible. No es un milagro ni una ruptura de las leyes naturales: simplemente se puede analizar los mismos fenómenos con más detalle que antes.
Lo mismo sucede respecto a lo que es imprevisible para una persona y previsible para otra. Con atención y dedicación se puede llevar más allá el límite entre lo previsible y lo imprevisible.
Algunos accidentes son adjudicados a la mala suerte por los poco inclinados a reflexionar; mientras que para otros están dentro de las posibilidades previsibles, y por lo tanto a ellos no les ocurren.
Existen los campos de lo previsible y de lo imprevisible, y una de las posibilidades del hombre es desplazar el límite entre ellos para que más sucesos queden a su alcance. Quien encara esto está acrecentando su propio poder y disminuyendo el de la suerte.
Por eso en los juegos de cartas, aunque incida el azar, existen buenos y malos jugadores.
En síntesis, si sabemos que algunos fenómenos, sean cuantos sean, quedan fuera de nuestro alcance, lo más sano es no ocuparnos de ellos, y pensar en lo que sí podemos.
Podemos dejar sin resolver el tema de las influencias malignas o benignas y el de que exista o no esa cosa intangible llamada suerte. Precisamente porque la suerte es “lo que está fuera de nuestro alcance” no podemos hacer nada al respecto; y sí podemos trabajar por lo mucho que está a nuestro alcance.
A menudo escuchamos la idea de que a la suerte hay que ayudarla.
Si esta propuesta se refiere a hacer lo que está a nuestro alcance, eso que hagamos será ni más ni menos que trabajo. No estaremos ayudando a la suerte sino ayudándonos a nosotros mismos. La suerte seguirá tan fuera de nuestro alcance como siempre.
Detrás de todas estas cavilaciones subyace el tema más importante: el gran dilema no está en creer o no creer que exista la suerte, sino en decidir arrojarse o no arrojarse a sus brazos.
No importa si la suerte existe o no: importa si ponemos nuestro futuro en sus manos o en las nuestras.
El verdadero corazón de este tema no es el conflicto entre saber y no saber: es el conflicto entre querer saber y querer suponer.
El verdadero enfrentamiento en las habituales discusiones sobre la suerte no se da entre la “demostración” de que existe y la de que no existe: se da entre la propuesta de depender de la suerte y la de depender de uno mismo.
La ofuscación entre ambos bandos formados en torno al tema no se debe a diferencias sobre cómo es la realidad, sino a diferencias sobre cómo vivir.
No es una cuestión de conocimiento o ignorancia: es una cuestión de actitud.
La inclinación a sostenerse sobre uno mismo, y construir uno mismo el futuro que desea, es la actitud de los que encaran la vida con sinceridad y responsabilidad. La inclinación a sostenerse en factores externos, como la ayuda ajena, los designios de algún plan cósmico o la suerte, es propia de quienes no asumen responsabilidades.
Es fácil detectar a los que no asumen responsabilidades: viven la mayor parte de su tiempo concentrados en lo que no depende de ellos. Cada vez que se habla de un problema se refieren a todas las causas externas e “inmodificables” que lo determinan; tienden a convencerse e intentar convencer a los demás de que el bien o el mal que acceda a nuestras vidas será obra de factores externos; están siempre listos para salir en defensa de la suerte y se molestan, se ponen agresivos ante quienes dan importancia a la propia conducta.
Un argumento muy usual a tal fin es presentar los designios de Dios como el más importante de los factores externos; y como consecuencia llamar hombres de poca fe a los que pretendan desestimarlos.
Ante tales afirmaciones, la resolución en la práctica no es nada contradictoria con lo ya dicho: como nunca sabemos qué va a suceder, y como Dios no nos anticipó nada sobre lo que puede haber determinado, lo único que tiene sentido es, una vez más, trabajar por lo que deseamos que suceda.
No hay ningún motivo sano para hacer otra cosa.
Precisamente por ser lo que no depende de nosotros, la suerte es elegida por las personas huidizas o irresponsables como elemento ideal al que abrazarse.
No se abrazan porque crean mucho en la suerte, sino porque creen poco en sí mismos.
Y si vamos más lejos, la raíz de todo no es qué se cree, sino qué se tiene ganas de hacer.
Los que tienen ganas de hacer, hacen.
Los que no tienen ganas de hacer, se convencen de que lo que desean les será traído por la suerte.
Esto, y no una teoría sobre el mundo, es el verdadero punto inicial. Las aparentes teorías que se elaboran como consecuencia son en realidad efectos de lo que previamente se prefiere en lo más profundo del sentimiento.
Nos encontraremos con muchos que discutan estas ideas, que intenten golpearnos por menospreciar el factor suerte, que intenten demostrar que este es lo más importante de la vida.
Son los que prefieren vivir sin dedicarse, sin construir su vida con hechos, porque construir requiere la decisión de moverse.
Moverse es una de las decisiones más difíciles para el ser humano, que en caso de no tomarla desplegará toda su habilidad para convencerse de que la mejor opción es evitarse esa molestia.